Jesús quiere desenmascarar la realidad, poniendo claros los peligros de quien solo se mira a sí mismo y no mira a su lado. De hecho, Jesús no pronuncia palabras de amenaza, si de condena.
Lucas se recrea en un tema que le gusta, sabiendo que en su catequesis tiene que hablar de “aquí” y “allá” para hacerse entender: la vida aquí y ahora, la situación de “este tiempo” y el paso a la eternidad, reflejan un cambio sustancial. Hay un trastrueque de realidades, algo se pone al revés, como expresa María en su oración del Magníficat: los hambrientos de aquí, resulta que son colmados de bienes allá; los ricos de aquí son despedidos por vacíos “allá”.
Es decir: los espejismos de nuestras satisfacciones y realizaciones, tienen poco que ver con la felicidad por compartir o tener sensibilidad ante el dolor ajeno. La realidad es que ya acontece en esta vida esta convulsión de actitudes.
¿Qué hacer para compaginar estas realidades “de aquí y de allá”? ¿Cómo compaginar nuestra vida con el sentido de eternidad, de esa otra realidad que tiene que ver con otra manera de vivir?.
En las parábolas de la misericordia, de la compasión hay un denominador común: el ver o no ver. El buen samaritano vio al herido y actúo, el sacerdote y el levita le vieron, pero dieron un rodeo; el padre, ve venir al hijo pródigo y se alegró, mientras que el hijo mayor cuando vio venir a su hermano, protestó y exigió; Jesús ve a los discípulos y los llama, ve a la multitud y se conmueve como cuando Yahvé ve la esclavitud de su pueblo en Egipto, le duele a él mismo, se solidariza en el dolor y se alía con él. Depende donde estemos situados para ver las cosas y las personas de distinta manera.